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por: Alejandro Sebastiani Verlezza

Sobre el pequeño ser

No he leído aún la novela de Salvador Garmendia. Aún así, las sugerencias que envuelve el título no dejan de rondarme. Los pequeños seres. Pienso en esos tipos dicharacheros, politiqueros, de esos que están donde tienen que estar. Pero la cosa no va por Mateo Martán. No, no. Más que en los pequeños seres, pienso ahora en el pequeño ser. Sí, en uno solo, la síntesis. ¿Quién sería este pequeño ser? Quizá el que está alienado y  no lo sabe. Claro, son los otros los que andan pelados por la vida. Yo no, por favor, diría él. Eso sí: su carácter es vacilante, jocoso. El alma de las fiestas, todo un simpático agitador de masas. Y como está cambiando de piel constantemente suele moverse en cualquier territorio sin problemas, un tipo “adaptable” pues. Pero la “pequeñez” de este ser no está en la tozuda vocación que tienen para no ver más allá de la basura que se les acumula en el ombligo. Solipsista, sí, uno de esos. Es probable que así pueda llamarlo un filósofo de manera pomposa. Una actitud triste, insistentemente solipsista, regula la conducta del pequeño ser.

Se le puede ver en la barra de los cafetines, en los pasillos de universidades y ministerios. El pequeño ser es un personaje retórico, grandilocuente, profesional del alabo, de la loa a toda persona que represente algún cargo de poder. Puede rozar la vulgaridad y el mal gusto. Se pone medias de vestir con zapatos de goma, se echa perfume en los pies y anda siempre con una carpeta debajo del brazo, llena de papeles, volantes arrugados, gacetas hípicas y papel higiénico. Porque hay que reconocerlo: el pequeño ser es un tipo práctico. Ante un imprevisto, siempre tendrá una solución sacada de la manga. Se la pasa tramando proyectos, ideas delirantes, siempre inconclusas. Cuidado: es de los que invita a comer y no tiene plata para pagar la cuenta. Pero sale con una de las suyas: le han robado la tarjeta de crédito o gastó el último cheque y no se dio cuenta. ¡Qué sorpresa! Y como no suele cargar efectivo -porque la cosa no está buena y hay mucho malandro suelto- le pide al invitado que pague, por favor. Y  claro, apenas cobre el cheque que carga en su maletín –a primera hora de la mañana- pagará con intereses y todo. Aquél aún está sentado esperando.

El pequeño ser se la pasa dándole su tarjeta de presentación a todo el mundo y ofreciendo sus asesorías en asuntos de diversa índole: desde el montaje de un tarantín de pepitonas en la playa hasta la realización de una campaña presidencial, no importa la naturaleza del asunto ni del asesorado, siempre habrá una solución. Porque estamos en manos de un tipo triunfal y con él todo es posible. En sus manos está asegurado el “éxito” de cualquiera. Pero hay que estar atentos: el pequeño ser es un experto en jugar con el autoestima de los demás y todo lo que haga está planificado en función de sus intereses: su altruismo es solamente una máscara. <<Todos los días sale un pendejo a la calle, si lo agarras es tuyo>>. Ése es su  modus vivendi. Por eso vive pendiente de lo que hacen los otros. De eso se llena: de la intromisión, del chismorreo. Se mueve en el territorio de la parodia y la simulación. No trabaja pero vive criticando al que trabaja, aunque siempre trata de arrimarse a su sombra. Es, pues, un tracalero. Un aprovechador. Un comodón. Tiene siempre varias caras, varias poses, varios lenguajes. Todo según la situación. Piensa que está más allá del bien y del mal cuando no es otra cosa que un profesional de la mediocridad.

<< ¡Pero echa más! Epa, epa ¿y la ñapa?>>, acostumbra decir, dando golpecitos al borde su vaso con un tenedor, al mesonero que le acaba de servir un güisqui doble. << ¿Y qué pasó con los tequeños?, ¡no me los vayas a traer fríos!>>, replica con su chocante vozarrón. No hay gesto que mejor defina al pequeño ser que el de menear su güisqui con el dedo índice y chupárselo antes de decir salud, camarada –o partner, también: da lo mismo. Luego de dar el primer mordisco a su tequeño suele introducirlo en el vaso <<para que agarre saborcito>>. Entonces va y se saca del bolsillo de la camisa un palillo de dientes y se escarba con furia. Y cuidado si ve en el lugar donde esté algo que logre sacarlo de quicio: envalentonado, arma un escándalo, suelta groserías a todo cañón y apenas logra ubicar al encargado del lugar le recrimina, solemnemente, dando manotones al aire: <<cómo es posible, uno que tiene tanto tiempo siendo cliente de esta vaina, que vengan a joderlo así a uno, por favor>>. Así es la cosa, pobre del paseante que ande distraído y caiga en sus manos. Y es que no se puede esperar otra cosa del pequeño ser, a quien le puede pegar bien aquella frase de Cervantes: “A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación…”.

Alejandro Sebastiani Verlezza
Octubre, 2007

 

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