Fugaz postal de lo derruido: parrafadas en el bar
Máquina reflejada en su rostro
Construida en las infernales fábricas de la metrópoli
Máquina de turbinas y hélices para matarme
Digna de un gimnasio cubierto
Fortaleza volante de sueños terrenales
Sin brújula en el cielo
Víctor Valera Mora
I
Parque Carabobo. Estatuas de Narváez vejadas, víctimas del spray salvaje y multicolor. Restauradas y vueltas a vejar. Ciclo –circulo- vicioso. Detrás de la fuente, la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas. Locura. Miradas extraviadas, pies descalzos, rajados. A veces sí. A veces no. Difícil precisar.
II
Avenida Bolívar. Camionetas por puesto, tambaleantes, desafían al vértigo. Cuerpos amasándose, acalorados, sudados. Música de infierno retumbando en los oídos. Señoras mayores de pie, temblorosas. Nadie se levanta. Todos simulan sueño, desentendimiento, lectura profunda.
III
Avenida Lecuna. Cerca del Teatro. Cuerpo en la sombra. En venta. Cuerpo difuso, en la entrada del tugurio. No un cuerpo. Dos y tres. Derrochando risas, maquillajes. Esperando que venga Godot en un carro último modelo.
Acera derruida. Charcos. Basura reproduciéndose. Recovecos de miseria. Pim, pam, pum. Pum, pam. Vendo pantalones, camisas, sostenes, piedra, velas, cerveza. Tírala en el suelo no le pares. ¡Ay qué sabrosa esta parrillita! Dame birra. Venga. Vaya. Epa, ese eructo.
Así son las cosas, dice Oscar Yánez.
IV
Plaza Venezuela. La parejita, en la mañana, sale del callejón de los hoteles y los roban. Epa. Bájense ahí. Plomo pues. Los policías, en cambote, duermen. Pobres. Están muy cansados. Y muy gordos también.
El mural de Pedro León Zapata se cae. A mí me quisieron vender un trozo. No tenía plata para comprarlo. Si lo compraba se lo regalaba a Zapata. Me quisieron vender una teta de María Lionza. También me ofrecieron un pedazo de Universidad, pero yo dije que no, que eso no se vende, que eso es autónomo. Además: me la paso limpio.
V
En algún lugar de la Mancha. Llenos de kitsch. Crónicas sociales. Empalagosas, vomitivas. Discursos ampulosos, alienados y alienantes. Derroche. Vacío. Derroche. Más vacío. Todo vaciado. Un eco.
VI
En la granja. Mediodía. Sol jodido. El mendigo, con su trozo de aluminio, tratando de encenderlo. No funciona el yesquero. Se desespera. Le da una y otra vez, una y otra vez, hasta rasparse el dedo.
-Mira, dame pa pendré ahí, you…
-No tengo.
-Eno, apá, ¿y pa´completá pa´la canilla?
-Tampoco.
-Oño, ale, ¡pero mil ahí!
-Nada.
-Plaf.
-¡Ah!
-Sapo.
VII
La historia, la historieta -mejor aún: las historietas- que están detrás de los discursones, de las parrafadas cabrerainfanteanas, se multiplican. Hambre. Bicho. Susto. Los confesionarios abarrotados. Un poco de absurdo nunca viene mal. Un poco de Ionesco por aquí. Un poco de Beckett por allá. Cuidado te ensucias.
Mayo y 2007.
alejandrosebastiani@yahoo.es
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