Conseguir los pases de prensa para el regreso de Soda Stereo en Venezuela fue tarea imposible. Desde mediados de este año, cuando se supo de la visita del grupo argentino, los medios de comunicación no tardaron en llamar a la compañía productora para conseguir las tan deseadas entradas de cortesía. Ante la avalancha de solicitudes, sólo unos cuantos tuvieron el privilegio de entrar gratis…o al menos eso nos dijo la empresa organizadora del evento. Otros tuvimos que cancelar el costo del ticket…
No fui yo uno de aquellos en llegar temprano al concierto. Mientras mucha gente se encontraba a las 6 en la Rinconada, me encontraba cómodamente en casa de una amiga chateando vía Messenger. Hasta las 8 de la noche recibí llamadas y mentadas de madre por no estar en el sitio: “¿pana que haces allá?!! Apúrate que hay un gentío!”. “Estoy en casa de una amiga, esperando que se vista”, respondía yo.
Me habían hablado de la supuesta representación nacional a cargo de Caramelos de Cianuro o los Píxel, pero al final Soda tocó sólo. El conocimiento del horario venezolano (si es a las 8, empieza a las 9) y la falsa creencia de que tendría que escuchar a unas bandas nacionales no muy agradables para mi gusto me animaron a llegar tarde…y cuando llegué ya llevaban, según me dirían después, unas 8 canciones.
Una vez en el sitio me encontré sumergido en un mar de gente, lo suficiente denso como para obstaculizar el paso, e incluso, el baile. Quien quisiera mover el esqueleto al ritmo de los temas de Soda se arriesgaba a pegarle un codazo a alguien sin querer. Recordé algunos cuentos ochenteros de mis hermanos, hablándome de cómo Soda debutó en nuestro país, hace dos décadas, ante “4 pelagatos”. Por culpa de la aglomeración de gente y algunas necesidades fisiológicas inoportunas no pude disfrutar ni la mitad del evento en el momento. Pero me quedó un buen recuerdo.
Quiero olvidar la distancia de una tarima separada de mi por miles de personas concentradas, semejantes a un caótico enjambre de hormigas, creando un muro impenetrable. Quiero olvidar lo incómodo de pedir permiso y pedir perdón para poder ver de cerca de la banda (algo tonto, porque uno va a escuchar música, aunque esta le entre al público por los ojos), o pasar por el mismo proceso de empujar gente y pisarla por tener antojo de una cerveza. Esos momentos te hacen pensar acerca de lo divertido de un concierto multitudinario, tan emocionante como ir a una playa margariteña en verano y recibir pelotazos o chorros de arena de desconocidos al lado tuyo.
En cambio quiero recordar la música y la puesta en escena del grupo. El show de luces e imágenes psicodélicas tan atípico del rock iberoamericano hace tan sólo 15 años. El repertorio musical, el cual abarcó desde los primeros 80 hasta los últimos 90. Esta última es mi época favorita de Soda Stereo, aquella en la cual el lema era “la música está en los cables”. Disfruté particularmente los temas de esa última etapa, desde el Dynamo hasta ese falso unplugged envenenado con efectos llamado Confort y música para volar. Escuchar esos sonidos marcianos en vivo fue alucinante. Cerati, con su pinta entre The Edge (el de U2) y Robin Hood destrozó su guitarra como si fuese la reencarnación de Hendrix(salvando la distancia entre dos tipos con estilos diferentes).
Por otro lado, canciones anteriores a 1990 como Picnic y Persiana Americana son harina de otro costal, pertenecen al repertorio más “pop” del grupo, con sus melodías pegajosas y hasta bailables, destinadas a quedar tatuadas en nuestro cerebro. Quienes somos malos aprendiéndonos las letras de otros grupos tarareamos y entonamos los coros. Aun así, la sencillez del repertorio new wave de la agrupación es engañosa. Muchos temas del grupos son canciones con cuatro acordes, pero cuatro acordes difíciles de tocar (quién es músico se da cuenta de esas cosas). También sonaron canciones como La ciudad de la furia, pertenecientes a una etapa más dark ¿recuerdas cuando comparaban a Soda Stereo con The Cure? Que tiempos aquellos!. Por otra parte, canciones como la archiconocida De música ligera tienen ese sabor a “hora loca” o Top 10 que ya no me provocaba escucharla…aunque debemos reconocer que es todo un himno generacional.
El concierto cerró con broche de oro. El público pidió más, y quienes llegamos tarde pudimos recuperar el tiempo perdido. Cerati con su voz carismática y su guitarra loca, Charly Alberti y Zeta Bosio metronómicos, como siempre, haciendo lo que mejor saben hacer: conservar el ritmo, sin presumir de su virtuosismo. Algunos arreglos electrónicos cortesía de Tweety Gonzalez los cuales sin embargo no fueron tan predominantes. Una noche inolvidable para muchos, aun para aquellos que no pudimos disfrutarla al 100%.
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