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Cine venezolano: tres décadas entre subsidios y homicidios

POLARIZACIÓN EN 35mm

Por primera vez un título apareció en cartelera antes que en los buhoneros. Y lo más extraño, se mantuvo así por semanas, dicen que por un compromiso tácito de no piratear lo propio. Fue el abreboca de Elipsis, Miranda y muchas otras que parecían justificar un “boom” del cine venezolano

 

Pero a la hora de la verdad, Secuestro Express, la primera película criolla en ser distribuida internacionalmente, quedó estigmatizada a ojos oficiales (y en palabras del vicepresidente José Vicente Rangel) como “miserable”. Una secuencia real con pistoleros del Puente Llaguno despertó disgustos similares a los que Román Chalbaud y Carlos Azpúrua –hoy alineados con la “quinta”– arrancaban en la “cuarta” con su cine de denuncia. Y no hay que irse muy lejos. Entre los personajes de la cinta, delincuentes y drogadictos, polichoros y secuestradores, se halla el Oficial Briceño. A primera vista su nombre no dice nada, pero su rostro y su caminar renqueado, así como el nombre en los créditos, nos lleva treinta años atrás. Sí, se trata del mismo “Cojo” Briceño, actuado por Balmore Romero, cuyas fechorías marcaron el punto más álgido del cine venezolano: Soy un Delincuente, de Clemente de la Cerda.

“El verdadero boom del cine venezolano se dio en los setenta”, asegura Ninoska Dávila, directora de Cinema Press, única agencia de noticias del país dedicada al séptimo arte. Soy Un Delincuente, cuyo drama sobre un joven ladrón del Helicoide fue más taquillero que el Tiburón de Steven Spielberg, resultó un ejemplo a seguir para toda una generación de cineastas venezolanos. Patricia Kaiser, crítica de cine, halla los orígenes de esta tendencia en el neorrealismo italiano, cuya perspectiva se aplicó a la crisis social de Venezuela y generó varios éxitos, como El Pez que Fuma de 1977. ¿Acaso la historia se repite? “Lo que ha pasado es que muchas películas que tenían 4 ó 6 años de realizadas, se estrenaron al mismo tiempo”, señala Dávila por su lado. Aunque salieron juntas, Al Borde de Línea llevaba cinco años en realización, mientras que 13 Segundos, uno.

Con o sin “boom”, algo nuevo pasa y cada lado apuesta a su manera. Los andinos retomaron los Festivales del Cine Venezolano luego de ocho años de inactividad. Por primera vez una cadena de distribución (Cines Unidos) financia una producción nacional (Ni tan largos, ni tan cortos). Y del lado oficial, Villa del Cine ya rinde cuentas tras un año de existencia con dos largometrajes: Miranda Regresa, sobre el héroe de la independencia Francisco de Miranda (y con un título que aprovecha la obra previa de Diego Rísquez), y La Clase, historia de amor cercana al Caracazo escrita por el Ministro del Poder Popular para la Cultura, Francisco Sesto. Paralelamente, la Villa también se prepara para lanzar una miniserie sobre el militar Ezequiel Zamora y un corto sobre un justiciero urbano de nombre Libertador Morales.

Cada quien lo ve a su manera. “Villa del Cine es una de las tantas ramas de la infraestructura propagandística de Chávez”, afirma Jonathan Jakubowicz, director de Secuestro Express. A su juicio, esta política de financiamiento a “lo único que ha contribuido es al vicio tradicional de nuestros cineastas que no hacen cine si el Estado no paga las cuentas, y esa dependencia siempre ha sido nuestro mayor enemigo cultural”. El cineasta Fernando Venturini, quien allí coopera, opina distinto: “A la Villa del Cine hay que darle tiempo. Ninguna de las dos películas es abiertamente propagandística. Le podrías criticar aspectos técnicos, forma, contenido, pero no hay propaganda”.

Del dicho al hecho puede haber mucho trecho, y en este caso es al revés. Si bien las películas pueden aparentar un tono apolítico, Sesto ha sido muy claro en el compromiso revolucionario del organismo que dirige. “La Villa del Cine no es algo neutro”, afirmó en octubre de 2007. “Está al servicio de un proyecto de país por el cual votaron los venezolanos una y otra vez”. En ese momento, dudó sobre la pertinencia de haber contratado a la actriz Fabiola Colmenares para Miranda Regresa, luego de su oposición pública a la reforma constitucional. “No estoy de acuerdo en que se señale una persona por una actividad política”, opina Venturini. “Me parece que la gente tiene que opinar, y los artistas son muy liberales. Allí necesitan del talento de todos los venezolanos.”
“El verdadero boom del cine venezolano se dio en los setenta”

UNA LEY VALE MÁS QUE MIL IMÁGENES

Desde el punto vista legal, el cine venezolano podría estar dando un paso adelante y dos atrás. Hace dos años, con la bendición de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC) y la Cámara Venezolana de Productores de Largometrajes (CAVEPROL), se aprobaba la Ley de Cinematografía en Asamblea Nacional. Entre sus principales virtudes, están mejoras en las condiciones de financiamiento para el cine venezolano y mayores obligaciones de las salas nacionales para su promoción. Hoy en día, el artículo 98 de la reforma constitucional plantea una amenaza al lucro por derechos de autor, lo cual podría restringir los ingresos a exclusivamente subsidios. “La mayoría de los cineastas están de acuerdo en que es preocupante, y nos hemos mantenido muy unidos a pesar de diferencias políticas”, indica Venturini. “Hay otros que se han manifestado a favor, como Carlos Azpúrua, pero la sensación en ANAC y CAVEPROL, en general, es que no nos conviene”.

En marzo del 2007, Farruco Sesto anunció el rompimiento de toda relación con estas organizaciones por mantener “una actitud obstruccionista y sectaria”. Casualmente, esto ocurrió un día después del rechazo de las mismas al financiamiento gubernamental de un 60% para Toussaint, el nuevo film de Danny Glover. A la larga, la medida simuló más forma que hecho. “A través de Juan Carlos Lozada, que representa a la Plataforma de Cine, se ha tratado que haya conciliación”, asegura Dávila. Lejos de la sombra de Sesto, el ANAC sigue participando en las juntas que convoca semanalmente el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC).

¿Es capaz la Villa del Cine de competir en rentabilidad, igual que a nivel cultural, contra su archienemigo, Hollywood?
Villa del Cine no está exenta de dialéctica marxista: para el presidente Hugo Chávez, nació como “una alternativa contra el imperialismo cultural de Hollywood”. Desde entonces, la ciudadela de 13 millones de dólares ha sido visitada por los afamados Sean Penn, Kevin Spacey y el mismo Glover. Para recrear la gesta de la independencia en Haití, éste recibió un aporte oficial de 17,6 millones de dólares, cifra que contrasta por mucho con el promedio de 800 mil dólares usado en cada largometraje venezolano. Ante las críticas de gremios e individuales, Lorena Almarza, presidenta de la Villa del Cine, fue menos dura que Sesto: aseguró que la inversión se recuperaría en cinco años.

¿Acaso esa preferencia no cabe para una película venezolana? ¿Es capaz la Villa del Cine de competir en rentabilidad, igual que a nivel cultural, contra su archienemigo, Hollywood? “Imposible”, dice Dávila. “En Norteamérica, gran parte de los ingresos son por distribución mundial. En Venezuela, el mercado es muy pequeño y ninguna película ha dejado ganancia. En la mayoría de los casos apenas cubren sus costos”. Para Dávila, una opción sería hacer un film “con un lenguaje mucho más universal” que convenza más allá de nuestras propias fronteras.

Esta licencia ha sido bien explotada en el cine anglosajón donde, explica Venturini, existe “una gran tradición de creadores fantásticos”, mientras que Venezuela ha encontrado difícil deslindarse de la corriente realista que predomina en Latinoamérica.  “Yo creo que esa tendencia la tienen que entender los sifrinos que quieren vivir en Berlín. Es natural, estamos en un país del tercer mundo. Cuando se genera Azotes de Barrio, es por una realidad: la violencia está supermetida en el país. La necesidad de ascenso social está presente en cualquier película que refleja lo que somos”.

¿Qué futuro le aguarda al cine venezolano? Como en muchos otros aspectos, el referéndum del próximo 2 de diciembre parece ser un punto decisivo. Mientras tanto, para tener una pista sobre los temas, sólo queda ver la cartelera venezolana. Entre sus miembros más recientes están Cyrano Fernández, personaje de Edmond Rostand transpolado a un barrio caraqueño donde choros y tupamaros se disputan el poder, y Puras Joyitas, una banda criminal que quiere robar la corona del Miss Venezuela. Mientras tanto, Jonathan Jakubowicz rueda en México La Reina del Sur (sobre la jefa del narcotráfico Teresa Mendoza), la Villa del Cine prepara Bambi C-4 (sobre el terrorista anticastrista Luis Posada Carriles), y Venturini dice: “Bienvenido quien pueda contar una historia metafísica, porque hace falta”.

 

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