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En las plazas…siempre pasan cosas

Lo propio y lo ajeno escrito en cemento

 

Todos hemos estado en una plaza y les hemos dado múltiples usos. Por recreación, como punto de encuentro o simplemente para sentarse a contemplar la vida que allí se desarrolla, las plazas han jugado un papel fundamental en la vida social del ser humano a través de la historia. Desde las ágoras griegas y los foros romanos, la creación de un espacio urbano destinado a la actividad social ha sido crucial en el ser humano, ya que después de todo, somos sujetos políticos y sustancialmente sociales.

Las plazas nacen cuando el animal humano construyó su identidad como individuo capaz de crear cultura y de intercambiar y reproducir dicho conocimiento. En las ágoras de la antigua Grecia, los espacios eran destinados para el intercambio de ideas y de corrientes ideológicas que se estaban gestando ya en aquella época. El debate de ideas era un ejercicio cotidiano entre los hombres, entendiéndose en el plano de género ya que a las mujeres se les negaba el derecho de pertenecer al ámbito culto e intelectual que imperaba en esos tiempos.

Es necesario entender que las plazas, como se dijo anteriormente, nacen dentro del concepto de urbano. Hubo desarrollos arquitectónicos en muchas culturas precolombinas que convergían en un centro estratégico para actos ceremoniales, para la venta y el intercambio de mercancía, celebraciones y actividades lúdicas. También entre las culturas africanas se observó semejante forma de organización de los espacios públicos. Entre los egipcios, los nubios de la zona de Sudan, los imperios de los reyes de Malí, Nigeria y Etiopía, era característico la construcción de edificaciones alrededor de un espacio que variaba en cuanto a su forma y en cuanto a su destino de uso.

¿Pero qué pasó que estas formas de organizar los espacios no fue motivo de réplica en América y por lo tanto muy poco conocido en la actualidad? La respuesta radica en la mentalidad que trajo consigo el europeo a estas tierras. En la imaginería del español sólo existían tres objetivos en mente: la acumulación de riquezas, la imposición de la religión católica y la exterminación de toda expresión cultural contraria que pudiese poner en riesgo el poderío español.

Estos tres objetivos se ven materializados en una plaza actual. En las plazas principales están representados los símbolos españoles: la catedral, el poder municipal, la casa de comercio y el poder gubernativo. ¿Y para qué nos sirve entender dicho proceso de aculturación tan complejo y unidireccional? Porque el reflejo de los que pasa en nuestras plazas actuales es una copia de lo que pasó hace 500 años.

Con la construcción de la primera plaza en América, nos vimos forzados a reproducir un estilo de vida que no estaba normalizado en nuestras culturas indígenas. Se crearon personajes importados de la vieja Europa y posteriores productos de la decadencia de la modernidad. Personas sin hogar -mal llamados indigentes, que no reflejan las distinciones necesarias para considerarlos como gente- , vendedores ambulantes, limosneros, oradores predicando toda clase de discursos políticos y/o religiosos, etc. Cada plaza de nuestra ciudad esta escrita con la mirada y el pasar de cada uno de éstos y muchos otros más personajes.

Y es que son las personas, como agentes constructores de identidad, las que crean una plaza. Las plazas no son simples creaciones urbanísticas que contribuyen a la estética de una ciudad, al reconocimiento de la inmortalidad de algún prócer o a la funcionalidad de determinadas actividades colectivas predeterminadas. Un espacio público es una construcción simbólica. Es un espacio para la expresión de las relaciones sociales y el intercambio. Dinero, gestos, miradas, rechazos. Odio, amor, engaño, tristeza. Son tantas las emociones y actos que se expresan en una plaza. Son espacios donde confluimos, donde vemos y nos dejamos ver, a diferencia del espacio privado, es un recordatorio de nuestra innata condición de ser social.

Las plazas por ser espacios públicos, tienen vida. Hay plazas vivas y muertas. Poseen identidades de acuerdo a su posicionamiento geográfico y de acuerdo a los individuos que las suelen frecuentar. Por ejemplo, en Caracas se suele distinguir con claridad la diferencia en cuanto al ordenamiento de su infraestructura y los sucesos que allí se vivieron. No es lo mismo transitar por la plaza Altamira a las nueve de la noche que hacerlo a esa misma hora por la plaza Miranda situada en la avenida Baralt. Hay historias tejidas alrededor de ambas. La plaza Altamira, además de estar situada al este de la ciudad- zona imaginaria que sugiere habitantes de alto status económico y social-, posee una historia política emblemática para un sector de los caraqueños. Allí, el diseño de jardinería es exquisito, cada heladero está cuidadosamente ubicado, la basura adecuadamente dispuesta.

¿Pero para quién está dirigido el mensaje? Es un espacio fabricado por un colectivo dirigido a un colectivo particular. Es el símbolo de plaza ejemplar, es la plaza que enseñamos al turista, al extranjero que quiere ver la vida caraqueña civilizada. Por el contrario, ¿Qué nos invita a ver la plaza Miranda de la avenida Baralt? Vida sin caretas y sin guiones ensayados. Desde abuso policial a niños y personas sin hogar hasta venta de droga y prostitución entre menores de edad.

En ambas vemos vida. La vida que en sus espacios las personas construyen. Por otra parte, hay plazas de visita obligatoria porque conservan y expresan la memoria identitaria del venezolano. La plaza Bolívar, centro de valor histórico por los sucesos que allí sucedieron como la revolución del 19 de abril de 1810 y la declaración de la independencia, guarda el diseño colonial y la representación de sus poderes.

Sin embargo, no podemos dejar de mencionar las plazas muertas. Aquellas que no se utilizan o que se han convertido en extensiones de calles, avenidas o depósito de basura. Aquellas que han sido invadidas por comerciantes y se les ha despojado de su finalidad inicial. Son plazas que nadie las recuerda. Que se miran con desprecio cuando se transita cerca de ellas y que se critican, añorando tal vez su renacimiento para poder nuevamente disfrutarlas. Estas plazas del olvido son espacios que deben entrar en la matriz gestora de identidades para así redefinirlas en su uso. Se puede observar en las que están en restauración. La plaza Caracas, antes cuna de comerciantes informales, se despoja de su viejo uso para adquirir otro acorde a las nuevas identidades que adquiere el caraqueño.

Es así como el transeúnte no puede olvidar sus plazas. Necesita de ellas para poder expresar su identidad. Por eso existen plazas para todos los gustos. Están las plazas de los chavistas, de los escuálidos, de los pintores, de los indigentes, de los intelectuales, de los conciertos, de los inmigrantes, de los raperos. No existen reglas que cumplir cuando se está en una plaza porque no se pueden rescatar. Su espacio de uso no es físico sino simbólico, y éste sólo se recrea y redefine, no se rescata. Por eso la próxima vez que te encuentres en una plaza, vívela como si fuese la última vez, porque no sabrás cuál será la siguiente identidad que la arropará y la alejará de tus recorridos cotidianos y tu memoria urbana.

 

 

 

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