Si bien durante los años ’50s el cinetismo en Venezuela se caracterizó por ser revolucionario, hoy varios de sus ejemplares llevan sobre sí el sello de la desidia. La Esfera de Caracas de Jesús Soto se acaba de recuperar de un desmantelamiento total en manos del vandalismo y el mural de Carlos Cruz-Diez que rodeaba el puerto de Vargas fue sustituido por una reja. Pero en algún punto del Valle de Sartenejas, este último artista confió para su Laberinto Cromovegetal en una virtud que nunca poseerán los objetos industriales: la regeneración, ese poder de vida que permite multiplicarse en vez de deteriorarse a través del tiempo.
El Laberinto Cromovegetal de la Universidad Simón Bolívar (USB) combina el movimiento de colores que propone el cinetismo con el environmental art en donde el espectador participa en la obra. “Lo interesante es que en vez de trabajar con pintura, se trabaja con plantas”, indica João Martín Da Silva, jardinero que ayudó a sembrarlas y es responsable de su mantenimiento. Caña de la india, chifflera enana, barba de león, capa roja, enonimo, vino tinto, petunias, lirios, pleomele, césped y cucaracha morada se juntan y desjuntan en una travesía de siete franjas tricolores divididas por corredores curvos y pasadizos rectos. “Son plantas adaptadas a esta zona”, dice Da Silva. “Todos los años reponemos cinco o seis mil porque el pote es pequeño y hay que resembrar, pero siempre se usan las mismas”.
En 1989, Carlos Cruz-Diez visitaba la USB para inspeccionar el lugar de la biblioteca donde instalaría su obra Phisichromie, y allí notó un amplio terraplén que separaba este edificio del resto del campus. Entusiastamente, conversó con la Comisión de Planificación para unir ambos espacios mediante una obra de arte que, además de plantas, incorporaría espejos de agua y un anfiteatro. A pesar de que el proyecto de la obra fue donado por el artista, todos estos elementos implicaban un gran costo para la universidad. Tal como explica Da Silva, luego de cuatro años de preparación del terreno se optó por algo más simple. “Él me entregó una xerografía en colores corrientes. Yo busqué las plantas idóneas, hicimos una presentación, él las aceptó y empezamos a sembrar”.
La ejecución del proyecto duró tres meses. El primer paso fue colocar plástico negro bajo la tierra para evitar la saturación de agua. En la superficie se demarcaron con ladrillos las franjas que delimitarían los pasadizos, y a lo largo de ellos se distribuyó grava picada que sobraba de asfaltados previos en el campus. Finalmente, con base en lo previsto, se distribuyeron en un círculo de ochenta metros de diámetro 44.000 plantas naturales en macetas negras, labor que corrió con un costo mínimo bajo la licitación de Reforestadora del Este. Al inicio hubo resistencia por parte de algunos arquitectos que proponían incorporar una fuente. “Yo quiero una obra sin concreto”, aclaró Cruz-Diez. Y así se hizo.
Al inaugurarse en julio de 1995, el resultado fue radicalmente diferente al proyecto inicial, pero gustó al artista y creó un nuevo espacio para la recreación y meditación de uesebistas y visitantes. “Es una obra participativa en continua mutación”, escribía Cruz-Diez. “En el Laberinto Cromovegetal, el paseante podrá disfrutar de continuas transformaciones cromáticas por la visión rasante que se le ofrece al desplazarse por las caminerías”. La experiencia transcurre entre distintos matices de rojo, verde, amarillo y gris, y es completa si se goza del silencio de la tarde.
Más allá del juego de colores, el uso de seres vivos otorga un dinamismo especial a la obra. “Como son plantas, dependiendo de la época del año hay unas más bonitas que otras”, explica Jorge Cruz, hijo de Carlos Cruz-Diez que participó en la instalación de la obra. El lirio, por ejemplo, corre por el centro de la tercera franja, y aunque a veces es sólo otro verde como la vecina barba de león, eventualmente florece de amarillo y traza curvas de brillo. Hay que estar ahí para verlo. Lo único uniforme aspirado por Cruz-Diez era “un verde que se mantuviera todo el año”, indica Cruz.
Para evitar una sensación de poca profundidad de la obra, sobre el montículo central del laberinto –ahora conocido como “el plato”-, Cruz-Diez planteó erigir cuatro estructuras verticales en función de los puntos cardinales. Luego la idea evolucionó, y en cambio se sembraron doce sauces piramidales que conforman el único elemento “rígido” entre tanto movimiento. Mientras con las otras plantas se procura mantener una altura de 60, 50 ó 40 cms. (según estén ubicadas de primeras, segundas o terceras en cada franja), el único techo para estos árboles es el cielo.
Actualmente, el Laberinto corre bajo el cuidado del Departamento de Planta Física y la Asociación de Amigos de la USB, desde donde se realiza una inversión de Bs.F. 12.000 mensuales para agua, materiales y mano de obra. Tres obreros fijos son los encargados de desyerbar, podar, fumigar, fertilizar, regar y resembrar cada trazo. La comunidad estudiantil, cuyos miembros suelen utilizar el plato bajo la sombra como lugar de descanso y meditación, cuidan la obra con el simple hecho de no dañarla. Aunque sin el anfiteatro que una vez se planteó, los alrededores también han servido para actividades teatrales y hasta la proyección de una tesis.
Según João Martín Da Silva, el Laberinto Cromovegetal es el segundo símbolo más importante de la USB, después de la “cebolla” diseñada por Gerb Leufert. El logo del Decanato de Estudios de Postgrado, creado por Isaac Estévez, está inspirado en este jardín, y el carnet de los estudiantes, cuyo primer ejemplar fue obsequiado simbólicamente a
Cruz-Diez en París, tiene como fondo una fotografía de la obra. “Él cada vez que viene a Venezuela, la visita”, asegura Da Silva. “Se escapa un rato y se viene, muchas veces sin nadie saberlo. Me he dado cuenta porque lo veo”.
En su última estadía en el país, Cruz-Diez realizó una xerografía cuyas ganancias estuvieron destinadas al mantenimiento del jardín. Este artista también ha experimentado con plantas para obras cinéticas en Bogotá y Marsella, pero según Da Silva, “ninguna” es como el Laberinto Cromovegetal. “Se convirtió en un símbolo”, explica Jorge Cruz. “Es un espacio que no tenía nada, y la USB lo ha vuelto suyo”. |