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SERGIO MÉNDEZ, EL SAXOFONISTA DE DIOS

“Yo soy la estrella, pero él es el que brilla”

Pudo recrear la etapa azul de Reverón junto a Levy Rossell, ser otro miembro de Madera ahogado en el Orinoco y hasta navegar el río de los muertos, pero no lo hizo. Hoy este marino frustrado desembarca en Caracas para lamentarlo con el llanto de su saxofón

En 2003, el doctor suizo Peter Brugger publicó el primer trabajo científico sobre el fenómeno de la duplicación, esa misteriosa aparición de “dobles” o “clones” de personas ya existentes en otros lugares del planeta. En 1945, nacía en Barlovento un nuevo Sergio Méndez, y aunque sí le tocaría vivir de la música, el solo nombre no le garantizó la misma fortuna de su homónimo brasilero. Tal vez todo se deba a una falla de origen: el apellido lo adoptó de su madre porque, según afirma, su papá era un “coño de madre”. Hoy en día, Sergio sobrevive en Caracas como saxofonista de calle mientras finaliza su carrera de Artes en la Universidad Central de Venezuela (UCV), un largo “ciclo” que se ha dispuesto a terminar. Comenzó en 1982, cuando llegó algo retrasado a su primera clase. Tras presentarse ante sus compañeros y estrechar sus manos, se acercó al profesor y le susurró al oído:

Disculpe la tardanza. Es que vengo saliendo de la cárcel.

¿Ah, sí? ¿Cuánto tiempo pasó por ahí?

Diez años.

La clase fue suspendida, y los docentes se reunieron en torno al nuevo estudiante para escuchar sus anécdotas. Sin embargo, hasta el día hoy se han añadido muchas otras: más de las que él mismo podría imaginar, y quizás menos de las que quisiera.

¿Qué te consideras desde el punto de vista profesional?

Una persona. Como artista, sí, estudio Artes. Aún no estoy definido porque consideré que el teatro era lo más importante para mí, pero la música es la que me está sacando, como dicen, “las patas del barro”, porque jamás pensé que ella me iba a dar para comer, para vivir. Y mi situación ahorita es ésa. La gente se preguntará: “¿Por qué este carrizo toca en todos los pasillos, todos los días, hoy aquí, mañana allá? Lo vemos en la Plaza Bolívar, en la Plaza Altamira, en el Ateneo, en Parque Central, en los pasillos de Arquitectura, etcétera...”. Bueno, porque necesito dinero, y la única manera de conseguirlo de una buena forma es haciendo esto que, gracias a Dios, lo descubrí o me descubrió un día.

Es un día que pocas veces comenta. Cuando la gente le pregunta: “¿Dónde aprendió Ud. a tocar saxofón?”, él contesta: “En el camino de la vida”. Dice que no es por esconder su pasado, sino porque le tomaría mucho tiempo: exactamente, 23 años y 5 meses. Aunque a él le gusta narrarlo como un episodio completo “con descanso de cuatro años” en la UCV, es la suma de dos sentencias distintas que purgó entre varias prisiones, desde la cárcel de San Juan de los Morros hasta el Retén de Catia. La primera vez fue por hurto. “Yo era el que cargaba las pistolas cuando se hacía un asalto, porque era el único que controlaba el no golpear, el no herir y no violar”. La segunda vez fue por drogas, justo al terminar séptimo semestre de su carrera. “No eran mías, sino de unos amigos que se fueron corriendo. Yo no le eché paja a nadie, pagué en silencio”. Culpa de su pasado a la falta de educación y al culto esnobista de la sociedad moderna, y hoy se ha dedicado a surgir sólo a través del “estudio constante y el trabajo”, aunque sea a partir de la música.

¿Cómo conociste al saxofón?

Yo no estaba haciendo nada, como todos los presos en las cárceles no hacen nada, porque es una escuela para el ocio y para seguir siendo un delincuente estúpido. Había una banda que sí formalmente existía para amenizar en los días festivos, tocar el Himno Nacional y el Himno del Preso, y así la familia dijera: “Oh, mi hijo está en una vaina, mi hijo está chévere”. Yo los veía salir todos los días a la 1:00 PM para la escuela de música, y como era amigo de ellos, me coleaba. Cuando llegaba, iban a comenzar los ensayos y el profesor decía: “¿Quién son músicos? Tú, tú, tú... ¡Epa! Tú no eres músico, ni tú tampoco. ¡Sácalos!”. El vigilante cumplía órdenes y nos sacaba. El primer día fue así, el segundo día fue así, el tercer día fue igual. El cuarto día continuó siendo de la misma forma, y así yo me hice la pregunta: “¿Cómo se hace aquí para estudiar? ¿Hay que ir bajo presión o hay que llevar un arma?”.

Bajo el consejo de un amigo, Sergio se encerró en su celda a aprender las nociones básicas de teoría musical. Ya preparado, regresó a la escuela, se sentó donde acostumbraba, y tras recibir el mismo rechazo de siempre, sus compañeros corearon: “¡Ese tipo quiere estudiar!”. Logró superar un breve examen oral, lo que le valió las excusas del profesor y la posibilidad de seleccionar un instrumento. Con un gusto natural por el viento, Sergio le pidió estudiar trombón, trompeta y clarinete... pero los puestos ya estaban ocupados. “Por ahí lo que hay es un saxofón que está en pésimo estado”, fue la respuesta. “Si tú logras repararlo y sonar con él, es como tuyo”.

– Así fue. Lo reparamos entre mis amistades y yo, y a los tres meses yo era el segundo saxo, y luego me hicieron primer tenor. Luego me llevaron a otra cárcel. Ahí no había saxofón ni escuela de música. Armamos un lío en esa cárcel y nos mandaron para otra. En esa otra sí había saxofón... ¡pero estaba dañado! Lo reparamos y puse a todo el mundo a estudiar. Yo era, no digamos el maestro, pero me respetaban porque en los días de visita amenizaba todos esos pasillos... ¡y qué cosa! Nadie me daba medio, pero sí me llevaban comida, cuadernos, bolígrafos, y eso me motivaba tanto que yo continuaba.

Estrella que no brilló

Ya fuera de prisión, Sergio audicionó para tocar en la obra “Reverón” de Levy Rossell, pero a pesar de ser aprobado, un contratiempo con el director de orquesta le forzó a renunciar. Rossell no se molestó: “Eres el primer carrizo que me dice ‘No trabajo contigo’, cuando la gran mayoría me jala el mecate para hacerlo. Te admiro y te deseo suerte en tu camino”. Tarde o temprano, ese mismo camino lo llevaría a reencontrarse con la música por dinero.

¿Cómo comenzaste a tocar en las calles?

Antes de contestarte esa pregunta, debo decirte que yo no quería ser el saxofonista de los pasillos de la UCV, porque a mí me da vergüenza tocar para pedir dinero. Pero un día vino un señor de tantos, y me dijo: “Te voy a pagar para que me toques”. Y yo le dije: “¡Te toco! ¿Quieres que te toque?” (Risas). Bueno, le toqué unas canciones, y me dio cinco mil bolívares. Fue la primera vez. Pero después salieron más personas y me ofrecieron dinero para que tocara, y así fue como mientras le tocaba a ellos, la gente pasaba y me daba más dinero. Consideré que lo que hacía no era malo, era obvio continuarlo, y se convirtió en un oficio. Realmente esto no es lo que yo quiero.

Entonces, ¿qué quiere Sergio? Su meta es licenciarse en Artes y fundar un equipo de limpieza en las calles de Caracas, aunque también podría aceptar una oferta efímera que recibió de Bolívar Films para reproducir su vida en una película. Tal vez pueda hacerse una carrera en su verdadera pasión, el teatro, o incluso cambiar de rama musical. Un día lo intentó. Se apostó en los pasillos de la UCV, colocó su plato y empezó a cantar boleros. Pero las monedas nunca llegaron, y de nuevo se vio obligado a desenfundar el saxofón. Cuando una señora le preguntó por qué había desistido tan rápido, se limitó a contestar: “Yo soy la estrella, pero él es el que brilla”.

Madera que no se mojó

Su futuro bien pudo ser distinto, y en la cárcel reflexionó al respecto: “Ahí tuve tiempo para pensar, para repensar y para volver a pensar. Y en esos pensamientos, yo decía: ‘De no haber tenido este problema, yo hubiese trabajado con el grupo Madera inicial, con el que nos criamos cuando se hacían las grandes tertulias en la casa de Juan Ramón Castro, con Alfredo Padilla y “Nené” Quintero’. Yo hubiese muerto quizás en el Alto Orinoco, donde murieron tantos de ellos, o quizás no hubiese muerto Juan Ramón. Él fue quien por primera vez dijo en una noche de tertulia, saliendo de escuchar la recién estrenada “Simpatía por el Diablo” de los Rolling Stones: ‘Cuando yo tenga un grupo, no habrá instrumentos metálicos. Todo será de madera’. Fue la primera vez que él nombró Madera. Pues Juan Ramón le tenía pavor al agua, y cuando íbamos a la playa él no pasaba de sentarse en la orilla donde llegaban las olas. Yo considero que cuando iban rumbo a los yanomamis, por allá en el Amazonas, que vieron zozobrar la lancha y penetrar el agua del Orinoco con una corriente tan fuerte, a Juan Ramón le dio un infarto. Murió, pero no ahogado, ¡infartado! Quizás pude haberlo salvado yo, o quizás pude haber muerto tratando de salvar a alguien”.

Y si bien Sergio evitó una muerte segura en la falca Esther, no se eximió de los desmanes de la cárcel. Allí participó en varias huelgas de hambre, alcanzando un récord de 29 días sin saborear más que agua, azúcar y sal. Acciones como éstas le permitieron fundar un liceo para sacar su bachillerato y luego transformarse en un líder con cierta reputación, pero también le dieron el gusto de experimentar desde el pisotón de una bota militar sobre los dedos hasta el filo de una peinilla en la corva. En plena huelga nacional de 1989, durante un traslado desde La Pica hacia el Dorado, el capitán a cargo detuvo el camión en las montañas de Maturín, y bajo una lluvia torrencial, se empecinó en azotar a Sergio con un palo de guayaba. “Generalmente son cinco guaimarazos. Pero llegó a cinco. ¡Ah, son diez! Llegó a diez. ¡Ah, son quince! Llegó a quince ¡Ah, son veinte! Claro, yo era un líder, me tenían que dar más: ¡Veinticinco! ¡Treinta! ¡Cuarenta! ¡Cuarenta y cinco! Entonces pienso: ‘Este tipo me quiere matar’. En ese momento, me desprendo de mi cuerpo y aparezco en la orilla de ese río del que hablan, a donde llegan los muertos. Era más amplio que el Orinoco y medio gris. Pero el otro lado de la ribera estaba lleno de seres vestidos de blanco que me decían: ‘¡Sergio, regresa! ¡Sergio, regresa!’ Yo regresé a mi cuerpo, y recibía el último guaimarazo... ¡Cincuenta!”

Para Sergio, ya la posibilidad de muerte es poca cosa. “Moriré hoy, mañana, o pasado mañana, y para mí, morir será tan hermoso como lo era para los incas o los arawakos, porque no soy digno de vivir en un sistema tan estúpido”. Sin embargo, la parca no le ha cumplido el deseo, ni siquiera en Navidad. El 25 de diciembre de 2006 fue asaltado por tres ladrones con cuchillo en el centro de Caracas, intentó esquivarse, y aunque le quitaron la cartera y le rasgaron la camisa, llegó a casa sin una herida. “Yo con esto he caminado por la Avenida Baralt a las tres de la madrugada con el poco de malandros a mi alrededor”, responde cuando ingenuamente se le pregunta si quiere compañía por seguridad de su saxofón. Y es que parece que nada los podrá separar. Hace años que Sergio dejó el hurto, y asegura que pronto dejará de beber y fornicar. ¿Pero renunciará a la música? “Nunca, porque esto es de Dios”.

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