Artistas y estado: la eterna discusión

  Podrá sonar a cliché, pero no deja de tener un alto grado de certeza: los artistas suelen ser amantes del Estado. Pueden estar contra el gobierno de turno, pero siempre le tendrán cariño a todos los ministerios o consejos dedicados al tema cultural. Para el artista promedio, no sólo el venezolano, vender su obra sigue siendo un tema tabú. Muchos son quienes ponen cara de asco al oír  historias sobre colegas exitosos vendiendo sus cuadros en prestigiosas galerías. Es el eterno conflicto entre arte y negocio. Por eso muchos, al considerarse unos incomprendidos, terminan en la indigencia. Pero llega el Estado, tan represivo en épocas de guerra, y los salva de la pobreza en tiempos de paz.

 El artista, sin importar cuan individualista o independiente sea, siempre esperará algún aporte económico del Estado, salvo que consiga un inesperado éxito, y se olvide de todos sus ideales acerca del amor al arte o la necesidad de no prostituir su obra. Una vez convertido en una suerte de Andy Warhol, defenderá su creación con los dientes, y hasta se mofará de su actitud en el pasado, una opción bastante respetable porque después de todo ¿quién determina que el arte empeora sólo por generar más ingresos?. Aún no hemos encontrado en el Antiguo Testamento ese Undécimo mandamiento que dice “no venderás tu arte”, así que no deberíamos escandalizarnos tanto ni criminalizar el acto de convertir el arte en negocio. Tampoco sabemos acerca de la criminalización de tal acto en algún otro libro religioso o código jurídico así que dejémonos de mezclar la ética con la estética.

 Si en algún país el Estado se convierte en la única posibilidad del artista para subsistir las cosas, definitivamente, no andan muy bien. Ese individualismo creador, el cual derivó históricamente en que Da Vinci fuera Da Vinci o Picasso fuera Picasso, queda suprimido. Si en algún momento el artista agradeció los subsidios estatales para poder crear y poder trabajar sin la presión del mercado, el tener sólo la opción del Estado para sobrevivir no lo favorece en nada. Tenemos ejemplos bastante radicales en la Alemania Hitleriana y en la Rusia Stalinista, países estos en donde el arte fue reflejo de lo sucedido en la vida real: obras totalmente homogéneas hechas según el criterio de quienes controlaban el poder. Allá, definitivamente, el arte no respondía a los criterios del mercado.

 Quienes son artistas y consideran al Estado Benefactor su salvación ante la prepotencia de los mercaderes del arte, deben preguntarse ¿Qué sucedería en mi país si sólo existiera un sólo comprador para mi obra, con gustos bastante específicos, bastante alejado de mi propuesta estética, y que además está muy politizado? Ese comprador sería, claro está, el Estado. Pero todo esto no es más que un editorial hipotético, y quizá no valga la pena preguntarse tantas cosas alejadas de la realidad ¿no creen?

 

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